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jueves, 21 de enero de 2016

MEMORIAS CON ESPERANZA. Nuevo libro del Cardenal Fernando Sebastián Aguilar





“Memorias con esperanza”. Editada por Encuentro, esta obra autobiográfica repasa la intensa vida de una figura esencial en la historia de la Iglesia española, el cardenal Fernando Sebastián. 


En palabras del cardenal: «Los que hemos vivido a lo largo de estos años pasados tenemos la obligación de ayudar a los más jóvenes a conocer la compleja realidad de nuestra historia en toda su verdad. En nuestra sociedad hay demasiadas tensiones, demasiados rechazos, demasiadas exclusiones. Los españoles, desde la Ilustración, tenemos necesidad de aprender a convivir, necesitamos aceptarnos unos a otros, tal como somos. Tenemos detrás una gran historia y un gran patrimonio cultural que nos hace ser lo que somos. Tenemos que aprender a aceptarlo con gratitud, sin eximentes. Y desde este realismo podremos trabajar juntos para ser cada vez mejores. Para ello, si uno quiere cumplir sus obligaciones de cristiano y ciudadano, está obligado a manifestar y ofrecer su parte de verdad. Es mi caso. De esta reflexión y en respuesta a semejante obligación ha nacido este libro».
portada del libro



Un libro autobiográfico de lo vivido por el Cardenal Fernando Sebastián


BREVE BIOGRAFÍA:

Fernando Sebastián Aguilar (Calatayud, 1929) ingresó en la Congregación de Misioneros Hijos del Corazón de María en 1945 y fue ordenado sacerdote en 1953. Hizo estudios de Teología en Roma y en Lovaina, obteniendo el doctorado en 1955. Desde 1956 hasta 1979 centró su actividad en el estudio y la enseñanza de la Teología Dogmática, primero en los centros de la Congregación Claretiana y a partir de 1967 en la Facultad de Teología de la Universidad Pontificia de Salamanca, en donde fue Decano de la Facultad y Rector de la Universidad entre 1971 y 1979. En septiembre de 1979 fue consagrado Obispo de León. En 1982 fue elegido Secretario General de la Conferencia Episcopal Española, permaneciendo en este cargo hasta 1988. En abril de este año fue nombrado Arzobispo Coadjuntor de Granada. En 1993 fue nombrado Arzobispo de Pamplona y Obispo de Tudela, sedes de las que es emérito desde julio de 2007. Ha sido también Vicepresidente de la Conferencia Episcopal entre 1993 y 1999, siendo elegido de nuevo para el cargo en el periodo 2002-2005. Ha participado en seis Asambleas del Sínodo de los Obispos. En 2001 la Universidad Pontificia de Salamanca le entregó la Medalla de Oro en reconocimiento a sus servicios como Catedrático, Decano, Rector y Gran Canciller. El papa Francisco le creó cardenal en el consistorio celebrado en Roma el 22 de febrero de 2014. 


  • Entre sus obras más importantes se encuentran:
La vida de perfección en la Iglesia (1962).
Secularización y vida religiosa (1964).
Vida consagrada (1965).
Comentarios al decreto conciliar «Perfectae caritatis» (1967).
Antropología y teología de la fe cristiana (1971).
Nueva evangelización (1989).
Escritos sobre la Iglesia y sobre el hombre (1991).
Nueva evangelización: Fe, cultura y política en la España de hoy. Encuentro. 1991.
La conciencia cristiana ante el terrorismo de ETA (1998).
La Verdad del Evangelio. Cartas a los españoles perplejos en materia de cristianismo (2001).
La Iniciación cristiana: once catequesis. Centro De Pastoral Liturgic. 2004.
Sembrando la palabra (2008).
Evangelizar. Encuentro. 2010.
Cartas desde la fe. Encuentro. 2011.
La fe que nos salva (2012).
María, madre de Jesús y madre nuestra (2013).
Memorias con esperanza. 2016.

Ha colaborado en numerosas obras teológicas y pastorales, y ha publicado muchos escritos pastorales en revistas y periódicos.

lunes, 18 de enero de 2016

TEMA DE REFLEXIÓN PARA LA VIGILIA DE FEBRERO DEL TURNO. LA CUARESMA.


Para una mayor preparación en el turno de reflexión que se desarrolla el viernes día 5 de febrero del presente proponemos desde este blog, la lectura, estudio y meditación del texto que se va a tratar, responder a las preguntas del cuestionario, si es posible ampliar conocimientos del propio texto. En esta ocasión y cerca del inicio de la cuaresma, éste será el tema. 

La Cuaresma del año 2016 tiene lugar del 10 de Febrero al 20 de Marzo. La Cuaresma es un periodo del tiempo litúrgico que comienza el Miércoles de Ceniza y finaliza el Domingo de Ramos.

La Cuaresma tiene cinco domingos más el Domingo de Ramos, en cuyas lecturas los temas de la conversión, el pecado, la penitencia y el perdón, son dominantes. No es un tiempo triste, sino más bien meditativo y recogido. Es, por excelencia, el tiempo de conversión y penitencia del año litúrgico.


Reproducimos aquí el texto a tratar, el cual vendrá publicado en el boletín "Velad y Orad" correspondiente al mes de febrero y que edita el Consejo Diocesano.

Cuaresma. Camino de Conversión
“Misericordia, Señor, porque hemos pecado”
Desde el pasado miércoles de Ceniza hemos comenzado la Cuaresma, y la Iglesia nos invita, en este Año de la Misericordia, a acercarnos al Señor con espíritu contrito, con dolor de nuestros pecados, alimentando nuestros deseos de arrepentirnos y de pedir perdón al Señor, que muere en la Cruz por nosotros.
Los cuarenta días de Cuaresma traen a nuestra mirada los días de Jesús en el desierto y las tres tentaciones del diablo que quiso padecer, para enseñarnos a vencer todas las tentaciones de pecar, de alejarnos de Él, de ofenderle, que padecemos en nuestra vida. Conscientes de nuestro pecado, entendemos que la Cuaresma:
“Es un camino, es acompañar a Jesús que sube a Jerusalén, lugar del cumplimiento de su misterio de pasión, muerte y resurrección; nos recuerda que la vida cristiana es un “camino” que recorrer, que consiste no tanto en una ley que observar, sino la persona misma de Cristo, a la que hay que encontrar, acoger, seguir” (Benedicto XVI, Mensaje de Cuaresma 2011).
Contemplando a Cristo que padece y muere por nosotros, en el Amor que nos tiene, descubrimos que la Cuaresma es una camino de conversión, de una conversión que no es sólo cosa de un instante, de alguna luz fulgurante que nos invite a pensar de nuevo en el sentido de nuestra vida. La conversión es un camino que dura, en realidad, toda la vida.
El cristiano tiene delante de sí la posibilidad de convertir su vida, la perspectiva de su vida profesional, familiar, vital, espiritual desde un horizonte humano, a un horizonte humano-divino. Ésa es la conversión que nos lleva a abandonar el vida de pecado, y nos abre el camino para vivir siempre con Cristo, para vivir en santidad.
Esta conversión al anhelo de santidad no es sencillamente cambiar algunos hábitos contrarios a la doctrina del Señor que hayamos podido adquirir: dejar de hablar mal del prójimo; dejar prácticas sexuales contrarias a la moral; recomenzar o mejorar las prácticas de piedad que la Iglesia nos recomienda; dejar de mentir; dejar de robar, etc.
Todo eso será el fruto de la verdadera conversión que se da en la mente del cristiano, en su corazón y en el horizonte de su memoria, en la medida en que en su actuar se va dejando llevar, no sólo por las luces de su inteligencia, sino por las luces de la Fe, de la Esperanza, de la Caridad, que el Señor nos alcanza con su Muerte y su Resurrección.
“La conversión es cosa de un instante; la santificación es tarea para toda la vida. La semilla divina de la caridad, que Dios ha puesto en nuestras almas, aspira a crecer, a manifestarse en obras, a dar frutos que respondan en cada momento a lo que es agradable al Señor. Es indispensable por eso estar dispuestos a recomenzar, a reencontrar –en las nuevas situaciones de nuestra vida- la luz, el impulso de la primera conversión” (Josemaría Escrivá. Es Cristo que pasa. n. 58).
En el itinerario de la Cuaresma, para este recomenzar de cada día, la Iglesia nos invita a vivir: la oración, la limosna y el ayuno. Tres prácticas de piedad que asentarán en nuestro espíritu las raíces de una verdadera conversión.
La oración prepara el alma a descubrir en Cristo la luz de Dios; prepara la voluntad a amar en Cristo el Amor de Dios, y en el corazón de Cristo, amar al prójimo. La oración abre en nuestro espíritu el anhelo de vivir siempre en el Señor, el anhelo de la vida eterna. En la oración personal de cada uno de nosotros ante el Sagrario, podemos considerar con el Señor las escenas de su vida que la Iglesia nos invita a meditar en este tiempo de Cuaresma: las tentaciones en el desierto; el encuentro con la Samaritana; la curación del ciego de nacimiento, la Transfiguración en el monte Tabor, la resurrección de Lázaro, etc.
Meditando estos pasajes, descubriremos que las palabras de Cristo “no pasan”, viviremos con Él en “comunión” que nadie nos podrá quitar, y comprenderemos también que, abandonado el pecado, nos abrimos a la esperanza de la vida eterna.
La limosna abre el alma a las preocupaciones y a las necesidades de los demás, de nuestros familiares, de nuestros amigos, de nuestros conocidos; y nos mueve a compartir nuestro tiempo, nuestros bienes, sirviendo a los demás: “Quien es de Cristo pertenece a un solo cuerpo y en Él no se es indiferente hacia los demás: “Si un miembro sufre, todos sufren con él; y si un miembro es honrado, todos se alegran con él” (1 Cor 12, 26) (Papa Francisco. Mensaje de Cuaresma, 2015).
Con la limosna, nuestra caridad, que es amor de Dios, crecerá en el amor por el bien de los demás, por el bien espiritual de los demás, por su conversión a Cristo.
El ayuno, “que puede tener distintas motivaciones, adquiere para el cristiano un significado profundamente religioso: haciendo más pobre nuestra mesa aprendemos a superar el egoísmo para vivir en la lógica del don y del amor; soportando la privación de alguna cosa –y no sólo de lo superfluo- aprendemos a apartar la mirada de nuestro “yo”, para descubrir a Alguien a nuestro lado y reconocer a Dios en los rostros de tantos hermanos nuestros” (Benedicto XVI, Mensaje de Cuaresma 2011).
Y así nuestro corazón , que ha vivido con Cristo la Cruz, la Pasión, la Muerte, anhela el Cielo, la Vida eterna, en la esperanza de vivir con Cristo su Resurrección.
María nos ayudará a vivir en oración, limosna y ayuno estos días de Cuaresma; a arrepentirnos de nuestros pecados y acogernos a la Misericordia del Señor, que desde la Cruz nos perdona con todo su Amor. Ella es “auxilio de los cristianos”, y “refugio de los pecadores”; pidámosle con toda confianza que nos envíe al Espíritu Santo que fortalezca en nuestros corazones la decisión de caminar con paso firme y seguro, uniendo nuestros dolores y sufrimientos a la Cruz de Cristo, y nos alcance la gracia de vivir con Ella la alegría de Cristo Resucitado.
* * * * *
Cuestionario

  1. ¿Vivo con espíritu de reparación y de penitencia, el ayuno del Miércoles de Ceniza y del Viernes Santo?
  2. ¿Soy consciente de que si ofrezco al Señor mis sacrificios y mis dolores, le estoy ayudando a llevar la Cruz por nuestros pecados?
  3. ¿Acudo con especial devoción, en este tiempo de Cuaresma, a pedir perdón al Señor de mis faltas y pecados, en el Sacramento de la Reconciliación?

Una forma también de vivir la cuaresma la obtenemos del mensaje del Papa Francisco para la cuaresma:


Ser misericordiosos y agentes de misericordia:

Ayudados por el Espíritu Santo y bajo la intercesión maternal de la Virgen María, llevemos a Cristo a todos nuestros hermanos, no sólo con palabras sino con hechos concretos.
Saludando en la calle a conocidos y desconocidos, perdonando las ofensas, orando por nuestros enemigos, evitando los chismes y habladurías, compartiendo nuestros bienes con los demás y con toda la creatividad que el Señor nos inspire para recorrer este camino de cuaresma como verdaderos agentes de Misericordia y no olvidemos rezar por el Santo Padre, que es quien nos muestra el camino y nos da ejemplo para seguirlo.

HERRERA ORIA: SU TIEMPO Y SU OBRA. EXPOSICIÓN EN EL PALACIO ESPISCOPAL.



Hoy a las 13 horas se inauguró la Exposición sobre el Cardenal Herrera Oria en el Palacio Episcopal. 

La exposición recoge apuntes biográficos y sus obras educativas. Herrera Oria fundó y dirigió periódicos a través de la Editorial Católica --con cabeceras que se mantienen hoy en día--, impulsó la Acción Católica, la Biblioteca de Autores Cristianos, el Instituto León XIII, la Fundación Pablo VI en Madrid o el Patronato de Viviendas Santa María de la Victoria y las Escuelas-Capillas en Málaga, entre otras.   

Más información:
http://www.acdp.es/angel-herrera-oria/

Además, se dará a conocer la trayectoria y los nuevos desarrollos y proyectos del Centro de Estudios Universitarios (CEU) --fundado también por el cardenal-- en el sur de España.    Los paneles expositivos mostrarán diversos objetos personales, provenientes de Madrid y de Málaga, como sus atributos episcopales: anillo, cruz pectoral, báculo y mitra. Asimismo, se podrá ver diversos bustos de escultores como Santiago de Santiago. Un video sobre su vida completará los contenidos de la exposición.


Leer mas: http://www.europapress.es/andalucia/cultura-00621/noticia-palacio-episcopal-acogera-exposicion-cardenal-herrera-oria-20160114174208.html

sábado, 16 de enero de 2016

LA HOMILIA DE LA MISERICORDIA POR EL EXCMO. Y RVDMO. SR. D. JUAN JOSÉ ASENJO PELEGRINA ARZOBISPO DE SEVILLA


Homilía en la apertura del Año de la Misericordia en la Catedral de Sevilla

La misericordia del Señor llena la tierra. Estas palabras del salmo 32 servían como título a mi carta pastoral de comienzo de curso. Ellas constituyen el mejor resumen del Antiguo y del Nuevo Testamento y de la entera Historia de la Salvación. Con ellas como pórtico inauguramos en nuestra Archidiócesis el Jubileo de la Misericordia, convocado por el Papa Francisco por medio de la bula Misericordiae Vultus, con el lema “Misericordiosos como el Padre”

La misericordia es uno de los contenidos esenciales de la revelación cristiana y es también el tema central de las lecturas de este domingo III de Adviento, conocido como domingo Gaudete, en el que la liturgia, por boca del profeta Sofonías, nos invita a la alegría al considerar la grandeza de la misericordia de Dios, que cancela la condena del pueblo de Israel, perdona sus infidelidades y permite la vuelta del destierro de Babilonia.

También nosotros somos destinatarios de la misericordia de Dios, que nace en el seno de la Trinidad Santa, del Padre de las misericordias, el «Dios compasivo y misericordioso, lento a la cólera, y rico en clemencia»(Ex 34,6), que se apiada de la humanidad caída y en la plenitud de los tiempos nos envía a su Verbo, que voluntariamente se le ofrece para encarnarse por obra del Espíritu Santo y llevar a cabo la obra saludable de nuestra redención. Como nos dice el Papa en la bula, Jesucristo es el rostro de la misericordia del Padre,«rico de misericordia» (Ef 2,4). Jesús, a lo largo de su ministerio público, con su palabra, con sus gestos y signos manifiesta de manera definitiva la misericordia de Dios y su amor de Padre.

El rostro de Jesús rezuma piedad, misericordia y amor. Su persona no es otra cosa sino amor, un amor que se dona y ofrece gratuitamente. Los milagros que realiza, sobre todo con los pecadores, los pobres, los excluidos, enfermos y endemoniados llevan consigo el marchamo de la misericordia. En Él todo habla de misericordia. Nada en Él está falto de compasión. Su misericordia y su compasión tienen su culmen en el Calvario, en el que se inmola libremente por toda la humanidad.

Siguiendo la estela de su Señor, la Iglesia debe ser la casa de la misericordia, del servicio gratuito, de la ayuda, del perdón y del amor. En la bula Misericordiae Vultus escribe el Papa una frase que ya se ha popularizado y que ninguno de nosotros deberíamos olvidar: “la misericordia es la viga maestra que sostiene la vida de la Iglesia”. Sí. La Iglesia nunca debe cansarse de ofrecer misericordia, estando siempre dispuesta a confortar y perdonar. Su misión prioritaria es ser signo y testimonio de la misericordia en todos los flancos de su vida. Todo en la acción pastoral de la Iglesia debe estar revestido de la ternura con que trata a sus hijos. Nada en su anuncio de Jesucristo y en su testimonio ante el mundo debe carecer de misericordia, hasta el punto de que la credibilidad de la Iglesia pasa a través del amor misericordioso y compasivo. El Papa reconoce con humildad que en el pasado, en ocasiones, nos hemos olvidado de caminar por las sendas de la misericordia. La celebración del Jubileo debe ser ocasión para pedir perdón a Dios por nuestras actitudes de prepotencia, por nuestras omisiones cainitas, por pasar de largo ante los dolores, urgencias y sufrimientos de nuestros hermanos.

Desde la experiencia del perdón de Dios, de sentirnos amados y perdonados en el sacramento de la penitencia, nos corresponde a nosotros ofrecer el perdón y la misericordia a nuestros hermanos, reconciliándonos entre nosotros, con nuestros familiares y amigos, rehaciendo relaciones rotas, mirándonos a los ojos, dándonos la mano, y restaurando la paz, la comunión y la concordia. Efectivamente, todos los hijos de la Iglesia hemos de vivir y sentir la experiencia de la misericordia. La primera verdad de la Iglesia es el amor de Cristo, del que nosotros debemos participar viviendo la entrega y el servicio humilde, haciéndonos siervos y servidores de nuestros hermanos. Nuestras parroquias, comunidades, asociaciones, movimientos y hermandades deben ser oasis de misericordia. La vida de la Iglesia es auténtica y creíble cuando hace de la misericordia su razón de ser. La misericordia es su primera tarea. Ella está llamada a ser testigo veraz de la misericordia, viviéndola como el centro de la revelación de Jesucristo.

El Papa nos invita en el Año Santo a abrir el corazón a cuantos viven en las periferias existenciales, en situaciones de pobreza y sufrimiento, de los que son víctimas aquellos hombres y mujeres que no tienen voz porque su grito se ha debilitado y silenciado por el egoísmo de tantos. Pienso en los enfermos, en los ancianos que viven solos, en los sin techo y, especialmente en los parados adultos y jóvenes, tan numerosos entre nosotros, para los que vamos a crear un centro de reinserción laboral, que quedará como hito o gesto visible del Jubileo.

En este Año los hijos de la Iglesia estamos llamados a curar las heridas físicas y morales que padecen tantos hermanos nuestros, a aliviarlas con el óleo de la consolación, a vendarlas con la misericordia, a curarlas con la solidaridad y la debida atención, a practicar las obras de misericordia corporales y espirituales, a compartir nuestros bienes con los necesitados, y no sólo lo que nos sobra, sino incluso aquello que juzgamos necesario. A ello nos ha invitado también Juan el Bautista en el Evangelio de hoy al señalarnos los caminos de la conversión para acoger al Mesías que nace de nuevo para la Iglesia y para el mundo en la ya cercana Navidad.

Todos los hijos de la Iglesia estamos llamados en este Jubileo a una conversión profunda y sincera, a volver a Dios, dispuesto siempre al perdón y a la misericordia que el Padre siempre derrocha con nosotros. Aprovechemos personal y comunitariamente los medios que se nos ofrecen para vivir intensamente este tiempo de gracia y de renovación espiritual. Dediquemos tiempo a la escucha orante de la Palabra, para contemplar la misericordia de Dios y asumirla como propio estilo de vida. Reconciliémonos con el Señor y con la Iglesia por medio de una buena confesión.

El Papa nos pide que situemos en el corazón del Jubileo el sacramento de la misericordia, el sacramento de la penitencia, del perdón y de la reconciliación con Dios y con los hermanos, haciendo todos los esfuerzos que estén en nuestra mano para recuperar este hermosísimo sacramento, de modo que ocupe el lugar que le corresponde en nuestra vida personal y comunitaria, como manantial de fidelidad y de santidad, como sacramento de la paz, de la alegría y del reencuentro con Dios, en el que experimentamos en carne propia la grandeza de la misericordia de Dios y la alegría que produce en el alma su perdón.

Peregrinemos a nuestra catedral, a las cuatro basílicas jubilares y a los dos santuarios señalados, que deberán facilitar a los fieles la recepción del sacramento del perdón. Crucemos la Puerta santa de la misericordia, puerta que no es otra que Jesucristo, pues Él mismo nos dice en el Evangelio de San Juan: “Yo soy la puerta: quien entre por mí se salvará y podrá entrar y salir y encontrará pastos” (Jn 10, 7-9).

Esto quiere decir que el fin último del Jubileo es el encuentro con Jesucristo, que trasforma nuestra vida, le da un nuevo sentido, una esperanza renovada, una alegría recrecida y rebosante y una sorprendente plenitud. Es la experiencia de los apóstoles, de Pablo, de la Samaritana, de Zaqueo, del Buen Ladrón, de los santos y de los millones de hombre y mujeres que a lo largo de la historia de la Iglesia se han encontrado con Jesús, pues como nos dice el papa Francisco en la Exhortación apostólica Evangelii Gaudium, “la alegría del evangelio llena el corazón y la vida entera de los que se encuentran con Jesús. Quienes se dejan salvar por Él son liberados del pecado, de la tristeza, del vacío interior, del aislamiento. Con Jesucristo siempre nace y renace la alegría”.

El Jubileo nos invita a salir de la tibieza, la mediocridad y del aburguesamiento espiritual, y a restaurar la soberanía de Dios en nuestra vida, porque la primacía de Dios es plenitud de sentido y de alegría para la existencia humana, porque el hombre ha sido hecho para Dios y su corazón estará inquieto hasta que descanse en Él.

Os invito, pues, a poneros en camino al encuentro con el Señor en este Adviento y a lo largo de todo el año. Os invito a peregrinar individualmente o en grupo a las iglesias jubilares de acuerdo con el calendario previsto para los distintos sectores pastorales, abriendo nuestros corazones a la indulgencia jubilar. Con san Pablo os invito a dejaros reconciliar con Dios, que está siempre dispuesto, como en el caso del hijo pródigo, a acogernos, a recibirnos, a abrazarnos y a restaurar en nosotros la condición filial. Que el Jubileo sea para todos un acontecimiento de gracia y de intensa renovación espiritual. Que ninguno de nosotros echemos en saco roto la gracia de Dios que va a derramarse a raudales sobre nosotros en esta nueva Pascua, en este nuevo paso del Señor junto a nosotros, a la vera de nuestras vidas, para convertirlas, recrearlas y renovarlas. Que todos le abramos con generosidad las puertas de nuestros corazones y de nuestras vidas.

Intercede por nosotros la Santísima Virgen, en su título de los Reyes, que ha venido a nuestro encuentro en esta ocasión excepcional. Nadie como ella ha experimentado la misericordia de Dios, que se derrama sobre ella y la envuelve con su gracia en su concepción, en la anunciación y en su asunción a los cielos. En elMagnificat la Santísima Virgen, celebra la misericordia de Dios, que llega a sus fieles de generación en generación. Que ella, reina y madre de misericordia, como la invocamos en la Salve, nos ayude en nuestra conversión y nos conceda gozar de la alegría y el júbilo que son consustanciales al Jubileo que hoy iniciamos. Así sea.


miércoles, 13 de enero de 2016

CADA UNO TENEMOS UN ÁNGEL A NUESTRO LADO.

Homilia de la Misa en Santa Marta del Papa Francisco (2 de octubre del 2014)

Todos tenemos un ángel siempre al lado, que jamás nos deja solos, y nos ayuda a no errar el camino. Y si somos como niños lograremos evitar la tentación de bastarnos a nosotros mismos, que desemboca en la soberbia y también en el carrerismo exacerbado. Es precisamente el papel decisivo de los ángeles custodios en la vida de los cristianos lo que el Papa Francisco recordó, el día de la fiesta litúrgica, durante la misa celebrada el jueves 2 de octubre en Santa Marta.
Son dos las imágenes —el ángel y el niño— que, evidenció inmediatamente el Papa, «la Iglesia nos hace ver en la liturgia de hoy». El libro del Éxodo (23, 20-23a), especialmente, nos propone «la imagen del ángel», que «el Señor da a su pueblo para ayudarlo en su camino». Se lee en efecto: «Voy a enviarte un ángel por delante, para que te cuide en el camino y te lleve al lugar que he preparado». Por lo tanto, comentó, «la vida es un camino, nuestra vida es un camino que termina en ese lugar que el Señor nos ha preparado».
Pero, observó, «nadie camina solo: ¡nadie!». Porque «nadie puede caminar por sí solo». Y «si uno de nosotros creyese que puede caminar solo, se equivocaría mucho» y «caería en ese error, tan feo, que es la soberbia: creer ser grande». Terminando por tener esa actitud de «suficiencia» que le lleva a decirse así mismo: «Yo puedo, yo lo hago» solo.
Sin embargo, el Señor da una clara indicación a su pueblo: «Ve, harás lo que yo te diga. Seguirás tu vida, pero te daré una ayuda que te recordará continuamente lo que debes hacer». Y así «dice a su pueblo cómo debe ser la actitud con el ángel». La primera recomendación es: «Respeta su presencia». Y luego: «Escucha su voz y no te rebeles». Por ello, además de «respetar» se debe también saber «escuchar» y «no rebelarse».
En el fondo, explicó el Papa, «es esa actitud dócil, pero no precisamente, de la obediencia hacia al padre, que es justo la obediencia del hijo». Se trata en esencia de «esa obediencia de la sabiduría, esa obediencia de escuchar los consejos y elegir lo mejor según los consejos». Y se necesita, añadió, «tener el corazón abierto para pedir y escuchar consejos».
El pasaje del Evangelio de san Mateo (18, 1-5.10) propone en cambio la segunda imagen, la del niño. «Los discípulos —dijo el obispo de Roma comentando el pasaje— discutían sobre quién era el más grande entre ellos. Había una disputa interna: el carrerismo. Estos que son los primeros obispos tenían esta tentación del carrerismo» y decían entre ellos: «¡Yo quiero llegar a ser más grade que tú!». Al respecto el Papa señaló: «No es un buen ejemplo que los primeros obispos hayan hecho esto, pero es la realidad».
Por su parte «Jesús les enseña la verdadera actitud»: llama a un niño, lo pone en medio de ellos —refiere san Mateo— y haciendo así indica explícitamente «la docilidad, la necesidad de consejo, la necesidad de ayuda, porque el niño es precisamente el símbolo de quien necesita ayuda, de docilidad para ir adelante».
«Este es el camino», afirmó el Pontífice, y no el de determinar «quién es el más grande». En realidad, confirmó repitiendo las palabras de Jesús, «será el más grande» aquel que llegue a ser como un niño. Y aquí el Señor «hace ese vínculo misterioso que no se puede explicar, pero es verdad». Dice en efecto: «Cuidado con despreciar a uno de estos niños pequeños, porque os digo que sus ángeles están viendo siempre en los cielos el rostro de mi Padre celestial».
En concreto, sugirió el Pontífice, «es como si dijera: si vosotros tenéis esa actitud de docilidad, esa actitud de estar y escuchar los consejos, de corazón abierto, de no querer ser el más grande, esa actitud de no querer caminar solo el camino de la vida, estaréis más cerca a la actitud de un niño y más cercano a la contemplación del Padre».
«Todos nosotros según la tradición de la Iglesia —explicó de nuevo el Papa— tenemos un ángel con nosotros, que nos protege, nos hace oír las cosas». Por lo demás, dijo, «cuántas veces hemos escuchado: “Pero, esto... debería hacer así... esto no está bien... ¡ten cuidado!”». Es precisamente «la voz de este compañero nuestro de viaje». Y podemos estar «seguros que él nos llevará al final de nuestra vida con sus consejos». Por eso se necesita «escuchar su voz, no rebelarnos». Sin embargo, «la rebelión, las ganas de ser independiente, es algo que todos tenemos: es la misma soberbia, la que tuvo nuestro padre Adán en el paraíso terrestre». De aquí la invitación del Papa a cada uno: «¡No te rebeles, sigue sus consejos!».
En realidad, confirmó el Pontífice, «nadie camina solo y nadie de nosotros puede pensar que está solo: está siempre este compañero». Cierto, sucede que «cuando no queremos escuchar su consejo, escuchar su voz, le decimos: “¡Bah desaparece!”». Pero «poner de patitas en la calle al compañero de camino es peligroso, porque ningún hombre, ninguna mujer puede aconsejarse a sí mismo: yo puedo aconsejar a otro, pero no aconsejarme a mí mismo». En efecto, recordó el Papa, «Está el Espíritu Santo que me aconseja, está el ángel que me aconseja» y por eso lo «necesitamos».
El Papa invitó a no considerar «esta doctrina de los ángeles algo fantasiosa». Se trata, por el contrario, de una «realidad». Es «lo que Jesús, lo que Dios dijo: Voy enviarte un ángel por delante, para que te cuide, para que te acompañe en el camino, para que no te equivoques».
Al concluir el Papa Francisco propuso una serie de preguntas para que cada uno pueda hacer un examen de conciencia consigo mismo: «¿Cómo es mi relación con mi ángel custodio? ¿Lo escucho? ¿Le doy los buenos días en la mañana? ¿Le digo que me proteja durante el sueño? ¿Hablo con él? ¿le pido consejo? ¿Está a mi lado?». A estas preguntas, dijo, «podemos responder hoy»: cada uno de nosotros puede hacerlo para comprobar «cómo es la relación con este ángel que el Señor ha enviado para protegerme y acompañarme en el camino, y que ve siempre el rostro del Padre que está en el cielo».

martes, 12 de enero de 2016

PRESENCIA REAL DE CRISTO RESUCITADO EN LA IGLESIA DEL SANTO CRISTO DE LA SALUD.

Transcribimos la preciosa y llena de sabiduría homilía que pronunció  D. Jesús Catalá Ibañez, Obispo de Málaga en la Eucaristía celebrada el 8 de enero de 2016 en la iglesia del Santo Cristo de la Salud (Málaga), con motivo de la restauración de la misma.

Excmo. y Rvdmo. Sr. Jesús Catalá Ibañez, Obispo de Málaga y Melilla
Lecturas: 1 Jn 4, 7-10; Sal 71, 1-4.7-8; Mc 6, 34-44.
1. Nos encontramos en el marco de las fiestas Navideñas, en las que adoramos a Jesucristo, el Hijo de Dios, que se encarnó en el seno de la Virgen María. Jesús de Nazaret es la revelación plena y la expresión máxima del amor de Dios a los hombres. En la primera carta de san Juan hemos escuchado: «En esto se manifestó el amor que Dios nos tiene: en que Dios envió al mundo a su Unigénito, para que vivamos por medio de él» (1 Jn 4, 9).
El amor no consiste en que hayamos amado a Dios, «sino en que él nos amó y nos envió a su Hijo como víctima de propiciación por nuestros pecados» (1 Jn 4, 10). La iniciativa, queridos fieles, la toma siempre Dios; al hombre le toca corresponder a ese amor.
El evangelista Juan explica que Dios es amor y quien ama conoce a Dios y llega a ser hijo de Dios: «El amor es de Dios, y todo el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios» (1 Jn 4, 7). Contrasta también la actitud contraria: quien no ama no conoce a Dios, «porque Dios es amor» (1 Jn 4, 8).
Tal vez no hemos profundizado aún el sentido más genuino y pleno de lo que significa “creer”. Para san Juan los términos “creer” y “amar” tienen una base común. A veces se considera que la fe consiste en “conocer cosas”; pero la fe es fiarse de Dios, confiar en Él, amarlo, aceptarlo en nuestra vida.
2. La Eucaristía que hoy celebramos en esta Iglesia del Santo Cristo de la Salud es, ante todo, como el término indica, una acción de gracias a Dios por su amor inefable hacia todos los hombres. Pero quiere expresar también nuestra gratitud por la restauración de este hermoso templo, que deseamos dedicarlo a la adoración eucarística.
La adoración cristiana implica un culto nuevo, instaurado por Jesucristo con el misterio de su Encarnación. Hay una radical novedad en el cristianismo; y hay una radical novedad en el culto cristiano, que Jesucristo inicia. En el diálogo que mantuvo con la mujer samaritana, junto al pozo de Jacob, Jesús le explicó el sentido de la verdadera adoración: «Se acerca la hora, ya está aquí, en que los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y verdad, porque el Padre desea que lo adoren así» (Jn 4, 23).
La discusión entre judíos y samaritanos versaba sobre el lugar donde debía ser adorado Dios: en Jerusalén o en Garizím (cf. Jn 4, 20). Jesús le responde que no se trata de un “lugar”, sino de un estilo nuevo: en el espíritu nuevo, que Jesús trae y en la verdad que es el mismo Cristo (cf. Jn 14, 6). A veces resolveríamos algunas discusiones, si profundizáramos en el verdadero sentido de la Palabra de Dios.
El Espíritu Santo, que hace nacer a la vida nueva (cf. Jn 3, 5), es también el principio de este nuevo culto, inaugurado por el Verbo encarnado; será a partir de Él una adoración trinitaria: adoración al Padre, creyendo en la revelación de Cristo-Verdad, impulsada y movida desde dentro por el Espíritu. Quienes adoran así, son los verdaderos adoradores que busca el Padre, los adoradores de los tiempos mesiánicos, inaugurados con la venida de Cristo Jesús.
La mujer samaritana se convertirá desde este momento en la primera evangelizadora de su pueblo, anunciando que el Mesías ya ha llegado y que se inaugura la hora mesiánica, un tiempo nuevo. Cada cristiano, hijo de Dios por el bautismo, está también llamado a seguir, como buen discípulo, al Maestro de Nazaret. Y cada uno de nosotros, al ser bautizados y confirmados en el Espíritu, entramos en una relación de adoración e invocación al Padre; ésta es la característica fundamental del culto cristiano.
3. En el evangelio de san Marcos, que hemos escuchado, se nos narra la multiplicación de los panes y los peces, para dar de comer a una multitud, que «andaban como ovejas que no tienen pastor» (Mc 6, 34).
El Señor invitó a sus discípulos a dar de comer a la numerosa gente; pero ellos no encontraban solución, porque solo tenían cinco panes y dos peces (cf. Mc 6, 38). Pero el Maestro multiplicó la generosidad y la fraternidad, saciando a mucha gente (cf. Mc 6, 42).
Con poco que aportemos de cada uno de nosotros pueden resolverse muchos problemas de penuria y cubrir necesidades básicas de muchos hermanos nuestros, que no disponen de lo necesario para vivir. De lo que sobra en el llamado “primer mundo”, podrían comer “otros mundos”.  El Señor multiplica lo poco que compartimos y alcanza para todos.
La Eucaristía es fuente de amor. En esta Iglesia del Santo Cristo permanecerá el Santísimo Sacramento, presencia real de Cristo resucitado, para ser adorado. ¡Venid a darle gracias! ¡Venid a adorar al Señor del mundo, a nuestro Salvador! ¡Venid a expresar vuestro amor a quien ha ofrecido su vida por todos nosotros y por todos los hombres! ¡Venid a encender vuestro corazón con el fuego del amor de Dios!
4. Los inicios de este templo se remontan al año 1572, con una cesión a la Compañía de Jesús de la antigua ermita de San Sebastián. Tras diversos proyectos se consagró la iglesia del noviciado de la Compañía en 1630. Posteriormente se añadieron ornamentaciones y se realizan algunas reformas.
En el siglo XIX se trasladó la imagen del Cristo de la Salud, dando el nombre actual a la iglesia. Durante el siglo XX se realizaron diversas reparaciones de estructura, fachada, cubiertas y pinturas murales. Ahora hemos hecho la última restauración, más integral y profunda.
Se trata de una Iglesia representativa de la arquitectura manierista en España, con gran valor documental, construida desde los principios teológicos de la contrarreforma religiosa a finales del siglo XVI. Es importante, además, por su programa iconográfico sobre el martirologio, planificado para la iglesia del colegio-noviciado de la Compañía de Jesús, apenas treinta y ochos años después de su fundación. Esta iglesia es un contraste respecto al templo del Gesú en Roma, que era considerado el modelo para los demás templos que los jesuitas construían en todo el mundo.
Su valor histórico y su situación geográfica en el centro de la ciudad de Málaga nos han impulsado a dedicarla a la adoración eucarística.
5. Deseo agradecer a las instituciones que han realizado las obras de rehabilitación de esta Iglesia del Santo Cristo de la Salud y a todas las personas que ha participado. En el año 2009 se firmó un Convenio de colaboración entre la Consejería de Cultura de la Junta de Andalucía, el Instituto Andaluz del patrimonio histórico, la Fundación Caja Madrid y el Obispado de la Diócesis de Málaga para la restauración de esta iglesia. La Fundación Montemadrid (sucesora de la Fundación Caja Madrid) y la Junta de Andalucía han hecho posible la restauración del templo, que ha quedado embellecido y apto de nuevo para el culto eucarístico.
Ahora la ciudad y la diócesis de Málaga pueden disfrutar de este hermoso espacio sagrado, dedicado desde hoy a la adoración eucarística, cuyo significado hemos comentado en esta reflexión homilética.
Pedimos a la Santísima Virgen de la Victoria, patrona de nuestra Diócesis, que bendiga y acompañe a los adoradores que se postrarán aquí ante el Santísimo Sacramento del altar, para que sean verdaderos adoradores de Dios en espíritu y verdad. Amén.
El siguiente enlace te llevará a un artículo relacionado de nuestro blog
En el siguiente la biografía del Sr. Obispo:

LA PASTORAL DEBE ESTAR LLENA DE ¡MISERICORDIA Y AMOR!

Muy interesantes fragmentos de la carta de Monseñor Carlos Osoro Sierra, Arzobispo de Madrid,  en su carta semanal dirigida a los fieles que lo siguen.

No tengamos miedo a depender de la ternura de Dios, es decir, de su amor que es misericordia. ¡Qué fuerza tiene la vida y lo que hacemos cuando descubrimos la misión que Dios nos confía! Nada más ni nada menos que recordar a todos los hombres que los brazos de Dios están abiertos para todos y que desea curarnos con su perdón y alimentarnos con su misma vida. No escapemos de esta gran misión. No hagamos alambradas con nuestras certezas, que quitan libertad y atan, amarran y rompen a los hombres. Acerquemos a los hombres a Dios como Él mismo lo hizo: con su ternura, con su amor y su misericordia; sabiendo que la libertad verdadera, que la capacidad de hacer un mundo de hermanos, llega con Dios, quien nos hace poner en juego el corazón y así abre siempre a horizontes de mayor servicio a los demás. ¡Qué palabras más bellas salían de los miembros del Consejo! «Parroquias orantes», «con las puertas abiertas», «cuidando el sacramento de la reconciliación», «que salen al encuentro», «mostrando calor humano en la acogida», «que se tienden las manos», «que sus miembros se conocen»; «hagamos ejercicios de la misericordia», «seamos sensibles a las necesidades de quienes están a nuestro lado», «apoyémonos los unos a los otros», «detectemos y nombremos las necesidades de quienes nos encontramos por el camino»; «preguntémonos ¿qué enfermedad real y grande es la que padece hoy el ser humano?»; «descubramos y contemplemos los rostros de misericordia y los rostros de quienes la están pidiendo», «contemplemos con fuerza cómo la misericordia es un bien irreductible»; «proyectemos el gran valor misionero de la misericordia», y «replanteemos en nuestras comunidades el servicio de la misericordia, que adquiere una expresión en su máxima belleza en el sacramento de la confesión».
Tenemos que vivir la experiencia de la misericordia. De ahí la necesidad de una comunidad cristiana en la que se perciba el inmenso abrazo de Dios, aquel que le dio el padre al hijo pródigo cuando regresó a casa. En la comunidad cristiana aprendo a ser misericordioso porque me pongo con un solo corazón y un mismo espíritu en manos de Dios. Nuestras comunidades cristianas tienen que ser hogares de la misericordia, donde, desde el silencio orante y la conversación con Dios y con los hombres, así como desde la escucha de la Palabra, poder vivir desde la fe, la esperanza y la caridad, abrazados por la misericordia de Dios en la confesión y alimentarnos del pan de la Eucaristía, asumiendo la tarea de restaurar en este mundo la dignidad del prójimo con los mismos sentimientos de Cristo. Tengamos una espiritualidad que construye y nos hace misericordiosos, una misericordia que va incluso más allá de la justicia, garantizando la vida de todos, hasta dar la vida por ellos. Con la misma fuerza del Señor digamos: «comunidad cristiana, ayudaos a aprender a mirar a todos los hombres y a todas las realidades del mundo de una manera nueva, con misericordia entrañable».
El Año de la Misericordia nos ha de ayudar a que nuestra vida y nuestros proyectos surjan de unas comunidades cristianas que posan su mirada siempre sobre la gente, de tal manera que no veamos lo que queremos ver, sino lo que realmente hay y lo que más necesitan los hombres: contemplar, vivir y anunciar al rostro de la misericordia que es Jesucristo. Es decir, acoger, cuidar y anunciar la misericordia, como recordé en la apertura del Jubileo Extraordinario de la Misericordia. Es nuestra gran misión en todas las comunidades cristianas, cada una con un colorido singular. Para ello, hagamos una inmersión en la experiencia de Dios, vivamos la fraternidad, potenciemos todo aquello que genera actitudes de misericordia; que nadie quede descartado por ningún motivo, que los más débiles sean los primeros. Lo peor que le puede suceder a nuestras comunidades es caer en lo que De Lubac llamó «mundanidad espiritual», que es ponerse en el centro uno mismo y no poner a Dios. La misericordia permite a todos los hombres soñar y descubrir que el sueño es realidad: somos hermanos, tenemos un Padre que nos cuida y nos ha mandado a su Hijo para regalarnos el amor mismo de Dios y darnos su Espíritu; a fin de que nosotros sigamos entregando este amor que es misericordia, la única fuerza que cambia el mundo porque cambia el corazón del hombre.
Pinchando en el ss. enlace puedes ver la biografía de Monseñor.

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